Gastón Aguirre: Operación Triunfo
Tras cinco intervenciones quirúrgicas en su rodilla derecha
y una inactividad de dos años y dos meses, el ex defensor de San Lorenzo
regresó al fútbol en Temperley. Reflexivo y más maduro, cuenta su calvario y su
convivencia con los miedos. Y se ilusiona con que su hijo pueda verlo jugar en
una cancha.
A LA CANCHA,
Aguirre, 31 años, con la camiseta de Temperley. Un sueño cumplido y un ejemplo
de superación.
ALLA VOY, contra viento y marea. Otra vez, una misma pelea.
Ni siquiera sé si vale la pena, pero tengo ganas de probar si la suerte me va a
acompañar, de una puta vez o si es un mito más.
El principio de la canción Contra viento y marea, de Las
Pastillas del Abuelo, resulta espejo del momento que atraviesa Gastón Aguirre.
El defensor volvió a disputar un partido oficial después de dos años y dos
meses de inactividad. La inestabilidad de su rodilla derecha, que pasó cinco
veces por el quirófano, ya forma parte del pasado imperfecto. Aquel lunes gris
del 10 de diciembre se transformó en un día soleado: reapareció en Temperley
con la cinta de capitán ante Flandria, por la fecha 22 de la Primera B Metropolitana,
la última previa al receso del verano. “El trámite se hizo ese mismo lunes al
abrirse el libro de pases y Temperley ocupó una incorporación conmigo. La
vuelta surgió de golpe, no me la esperaba; un regalo de Dios –enfatiza–. Lo
único malo fue mi expulsión. Me sentí mal porque no pude terminar un partido y
condicioné a los muchachos. Pero todo cerró bien porque ganamos (3-2). Lo
importante es que volví a jugar y estoy a la par de mis compañeros para pelear
por un puesto luego de tanto sacrificio”.
-Cuánto nervio la noche anterior en la concentración, ¿no?
Encima con la incertidumbre a cuestas.
-Claro, porque no estaba habilitado. Ese domingo fue raro:
tenía miedo y pensaba en muchas cosas. Hasta quería que no llegara la
habilitación para hacer la pretemporada y empezar recién este año. Mientras
íbamos a la cancha en micro, llovía. ¡Para qué! Deseaba que se suspendiera para
no arriesgar. Se me cruzaban las imágenes de las malas y las buenas etapas de
la larga recuperación. Antes de salir a la cancha, les agradecí a mis
compañeros porque son seres humanos increíbles. Y cuando entré al campo de
juego, tenía ganas de llorar. Espero que este sea el puntapié inicial.
-¿Cuál es el próximo objetivo?
-Más de uno habrá pensado que no volvería a jugar. Mi idea
no es retirarme hoy en Temperley; Dios quiera que me pueda quedar siete años
más, no me gustaría irme. Yo no rescindí contrato con San Lorenzo porque un
técnico no me tenía en cuenta, sino por mi bienestar, por sentirme cómodo en un
lugar. Ahora debo perder el temor y esto se logra partido a partido. Sé que me
falta en lo futbolístico. En cuanto al equipo, ojalá ascendamos. El resto está
en manos de Dios.
-¿Qué enseñanza de vida te dejó esta complicada experiencia?
-Aprendí a pelear por lo que quiero y se los demostré a mis
hijos, Lola (cinco años) y León (dos). Ellos también tendrán que lucharla por
cómo están la sociedad y el país. No hay que bajar los brazos ni mandarse
macanas, pero sí apuntar a un objetivo, trabajar y ser honesto. No sé si soy un
buen jugador de fútbol, pero ojalá sea un buen padre. Me gustaría que mis
chicos hablen de mí como un luchador. Me quedaba el último round y lo estoy ganando.

EL TONGA soportó hasta lo insoportable. El inicio de la
debacle surgió en San Lorenzo al romperse el tendón de Aquiles derecho en marzo
de 2010, en el choque frente a River. Tras siete meses de recuperación, jugó
tres partidos en la Reserva
del Ciclón y dos en la Primera
(ante Tigre y Huracán), y se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla
derecha en una práctica de fútbol a fines de octubre de ese fatídico 2010. Ahí
comenzó la odisea, porque se volvió a romper los mismos ligamentos durante el
quinto mes de rehabilitación. Conclusión: segunda pasada obligatoria por el
quirófano a causa de esa lesión. A fines de noviembre de 2011, se resintió en
la misma zona ante Unión, en Reserva. Fastidio y tercera operación. Llegado
enero de 2012, se realizó un injerto en esa rodilla y a remarla otra vez.
“Había algo en mi organismo; operan a 20 jugadores de los ligamentos cruzados
por año y todos vuelven a jugar. Gisele, mi señora, me decía cuando el panorama
era negro: ‘Dios ya te dio lo que tenía que darte y el fútbol capaz que no es
más para vos’. Pero a mí nunca me entró en la cabeza. Nací para esto y le
dediqué gran parte de mi vida. No me iba a rendir”, sentencia.
"NECESITABA tatuarme el escudo de Temperley para sentir el barrio", reconoce.
Gastón, en consecuencia, se aferró a su ilusión e intentó
tirarle un caño al destino que hasta ahí no le guiñaba el ojo. Como consideraba
que su ciclo en San Lorenzo había tocado fondo, cortó su vínculo y comenzó a
entrenarse a partir del 1º de julio pasado en Temperley, el club de sus amores,
donde debutó en Primera en 2000. “Pensé en el afecto y en el cariño. ¡Qué mejor
que estar en tu casa! Yo no podía, ni puedo, llegar a la cancha de San Lorenzo,
aún me angustio. Todas las lesiones de la rodilla fueron ahí. Y eso que tenía
un año más de contrato. Las opciones eran integrar otro plantel profesional o
ir a pagar a una canchita con amigos. Nadie me garantizaba que volvería, pero
yo me tenía fe. Acerté al venir a Temperley, debido a que me trataron de la
mejor manera y eso me puso muy contento. Al margen de que la B Metropolitana no
está bien vista en el fútbol argentino, disfruto de haber regresado a jugar y
en mi equipo”, afirma.
A un mes y medio del alta médica, cuando ya hacía fútbol
reducido con el plantel profesional del Gasolero y su vuelta era un tema de
agenda, vivió otro revés. La rodilla derecha perdió estabilidad y se le
comprometieron los meniscos. De nuevo, la misma cantinela: malhumor y
operación, la quinta a raíz de esa maldita rodilla. “No quise ir más al club,
me recluí en mi casa. De hecho, charlé con los dirigentes una semana antes de
mi regreso (el 10/12/2012), porque quería abandonar. Ya no le encontraba la
motivación. Entonces, me hablaron mis compañeros y el entrenador (Rodolfo Della
Picca), y me pidieron que aguantara. En fin, me convencieron y les estoy
agradecido”, recuerda.
CON LA camiseta de San Lorenzo, equipo en que jugó en la A junto con Newell´s y Olimpo.
-Sin dar lástima, te bancaste una brava.
-Sé lo que sufrí. Cuando llegué a San Lorenzo (2007), yo
había puesto el dinero de mi bolsillo, porque venía de Newell's (2003-2007). Y
también pagué el año pasado para que me liberen. Dejé todo en Boedo: el 15 por
ciento, siete meses de sueldo, y me arriesgué. Yo no me salvé con el fútbol, ni
tengo un negocio, y ese dinero lo podría haber disfrutado con mis hijos. Pero
no me arrepiento. Vivo el día a día y tendré que seguir trabajando cuando me
retire. Si no es con el fútbol (está haciendo el curso de entrenador), será con
otra cosa.
-¿Nunca te sentiste un ex jugador?
-No, jamás. Me entrenaba más lesionado que sano, pero
arrancaba a la mañana, almorzaba, iba al gimnasio o al kinesiólogo, y estaba
pendiente de la rodilla: la tocaba, la acariciaba, la cuidaba, como si fuera un
hijo más.
-¿Cómo cambiaban tus emociones?
-Tenía altas y bajas. Al principio, me costaba mucho
realizar la parte física y veía el trabajo con pelota desde afuera. ¡Qué
jodido! “Si soy futbolista, ¿a qué vengo, si no es a jugar?”, me preguntaba.
Los bajones eran difíciles de manejar.
-¿Lloraste mucho?
-A escondidas, en el auto, cuando estaba solo. No quería que
mi señora y mis hijos me vieran quebrado.
-¿Cómo se convive con el miedo?
-Es lo peor que hay. El miedo a saltar, a caer, es horrible.
Peleo contra eso día a día. Hago algún movimiento que antes no podía y me voy
contento, u otras veces me pongo mal porque no me conviene realizar un
ejercicio puntual. La voy llevando.
-Imagino que tu cabeza no paraba. ¿Cuántas veces te preguntaste
por qué a vos?
-Miles. Nadie te da una respuesta y yo tampoco la sé.
Pensaba qué habría hecho en otra vida para que me tocara esto. No le encuentro
explicación. De todas maneras, dormía tranquilo porque hacía todo para volver.
Podría haberme ido a descansar a una reposera en Brasil porque algo cobraba,
pero me quedé a trabajar la rodilla.
-Tras esa lucha constante, ¿sentís que aprendiste a pensar
de otra manera?
-Sí, ahora valoro más a los amigos y a la familia. Cuando
jugaba en San Lorenzo tal vez los había dejado un poco de lado. Por más que te
digan que no, en la elite se te vuelan los pájaros, tenés más cosas al alcance
de la mano. Igual, el fútbol me dio todo. Si no hubiese sido futbolista, no
habría cruzado el Riachuelo. Más allá de la plata, conocí a Maradona, comí un
asado con Los Piojos, mi banda preferida, me crucé con famosos... Mi mujer es
fanática de Pablo Echarri, lo encontramos en un zoológico y él nos saludó.
Entonces, la cabeza se te va.
-Y vos, ¿no la lograbas controlar?
-Se te acercan muchos en los momentos dulces. Es normal en
la vida del futbolista. No es que me pasó a mí, le ocurre a la mayoría. Estás
en Primera, en un club grande, y te olvidás de muchas cosas, sin querer. Todo
depende de cómo quieras vivir. Si los dejás, se te pegan. Pero como la ves
fácil, entrás. Te traen botines y ropa gratis, vas a comer afuera y no te
cobran… ¿Cómo decís que no?
A SUS 31 años, entiende que su retorno no resultó pleno. “Mi
sueño es entrar a la cancha de Temperley con mis hijos (lo podrá hacer ante
Villa San Carlos, en el cuarto partido del Celeste después del corte del
verano). Quiero que León, el varón, me vea jugar. Esa es mi gran motivación –se
emociona–. Por eso, deseo construir la segunda etapa de mi carrera como
jugador. Igual, hubo un cambio en mi vida: mi familia, primero. El fútbol está
en un segundo plano. Antes me miraba todos los partidos, hoy sólo veo a
Temperley y disfruto de mis hijos. Lo que me costó durante la última
pretemporada fue separarme de mi señora y de mis chicos. Son mis confidentes.
Gozaré junto a ellos lo que me quede de cuerda. Aprendí que, además del fútbol,
existe una vida”.